ANDALUCÍA, ESPAÑA
Andalucía: la Sierra de Grazalema y las dunas de Punta Paloma
Dos días que acaban en el borde de África. La Sierra de Grazalema está a una hora tierra adentro desde la costa de Cádiz —alcornocal, pistas de grava, pueblos blancos encaramados y el tiempo más lluvioso de España— y desde allí la carretera baja hacia el sur hasta detenerse en Punta Paloma, donde las dunas se comen el asfalto y Marruecos está ahí, en el horizonte.
Grazalema: alcornocal y grava
La Sierra de Grazalema es parque natural, lo que en la práctica significa carreteras estrechas, firme a menudo sin asfaltar y nadie encima. Ruedas bajo alcornoques y encinas con la luz cayendo a trozos, cruzas cordales abiertos y vuelves a meterte entre los árboles. Las pistas están compactadas y son fáciles, con la grava suelta justa en las curvas para mantener el ritmo honesto.
Es también, por improbable que parezca en Andalucía, el lugar más lluvioso de España. La sierra recoge todo lo que llega del Atlántico, y por eso está verde cuando el campo a uno y otro lado no lo está.
Los pueblos blancos
Los pueblos de aquí están en alto, por los motivos defensivos que importaban hace mil años, y casi todos conservan todavía la ruina del castillo que explica esa posición. A cada uno se llega por una subida, y cada subida tiene vistas desde arriba: paredes encaladas, tejados de barro escalonados ladera abajo, y una plaza donde el pueblo entero está fuera a las nueve de la noche.
Rodar entre ellos es lo que importa. Las distancias son cortas, las carreteras que los unen son viejas y estrechas, y paras muchas más veces de las que habías planeado.
Los embalses
La carretera entre la sierra y la costa pasa junto a embalses de un color que no esperas tierra adentro: un turquesa pálido, mineral, con árboles pelados de pie en los bajíos donde el agua ha bajado y un pueblo blanco en el cordal de arriba, con castillo incluido. Merecen una parada aunque no vayas bien de tiempo, cosa que a esas alturas del día ya no te pasará.
Bajar a Punta Paloma
Punta Paloma está justo al oeste de Tarifa, en el punto donde el Atlántico se vuelve Mediterráneo. Una duna del tamaño de un cerro baja hasta la carretera, el viento sopla lo bastante fuerte como para que aquello esté lleno de kitesurfistas, y la arena se te mete en todo lo que llevas.
Rodar por ella es un asunto corto, arenoso y poco digno, y merece la pena del todo. Baja presiones, mantén las vueltas altas y cuenta con levantar la moto al menos una vez. En una tarde despejada el Rif se ve al otro lado del estrecho, lo bastante cerca para distinguir sus laderas: catorce kilómetros de agua y estás mirando otro continente.
Cuándo venir
Primavera y otoño. El interior de Andalucía en julio y agosto pasa con regularidad de los cuarenta grados y convierte un buen día en un ejercicio de resistencia. La costa de Tarifa se mantiene más fresca porque el viento no para nunca, lo cual se agradece sobre la moto y bastante menos dentro de una tienda.